sábado, 12 de junio de 2021

LITURGIA DE LAS HORAS - OFICIO DE LECTURA



TIEMPO ORDINARIO
DOMINGO DE LA SEMANA XI
De la Feria. Salterio III

13 de junio

OFICIO DE LECTURA

INVITATORIO
 
Si el Oficio de Lectura es la primera oración del día:
 
V. Señor abre mis labios
R. Y mi boca proclamará tu alabanza
 
Se añade el Salmo del Invitatorio con la siguiente antífona:
 
Ant. Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva. Aleluya.
 
Si antes del Oficio de lectura se ha rezado ya alguna otra Hora:
 
V. Dios mío, ven en mi auxilio
R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.
 
Himno: PRIMICIAS SON DEL SOL DE SU PALABRA
 
Primicias son del sol de su Palabra
las luces fulgurantes de este día;
despierte el corazón, que es Dios quien llama,
y su presencia es la que ilumina.
 
Jesús es el que viene y el que pasa
en Pascua permanente entre los hombres,
resuena en cada hermano su palabra,
revive en cada vida sus amores.
 
Abrid el corazón, es él quien llama
con voces apremiantes de ternura;
venid: habla, Señor, que tu palabra
es vida y salvación de quien la escucha.
 
El día del Señor, eterna Pascua,
que nuestro corazón inquieto espera,
en ágape de amor ya nos alcanza,
solemne memorial en toda fiesta.
 
Honor y gloria al Padre que nos ama,
y al Hijo que preside esta asamblea,
cenáculo de amor le sea el alma,
su Espíritu por siempre sea en ella. Amén.
 
SALMODIA
 
Ant. 1. Día tras día te bendeciré, Señor. Aleluya.
 
Salmo 144 I - HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS
 
Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
 
Día tras día te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
 
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
 
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.
 
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus creaturas.
 
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén
 
Ant. Día tras día te bendeciré, Señor. Aleluya.
 
Ant. 2. Tu reinado, Señor, es un reinado perpetuo. Aleluya.
 
Salmo 144 II
 
Que todas tus creaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;
 
explicando tus proezas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.
 
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén
 
Ant. Tu reinado, Señor, es un reinado perpetuo. Aleluya.
 
Ant. 3. El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. Aleluya.
 
Salmo 144 III
 
El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.
 
Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente.
 
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
 
Satisface los deseos de sus fieles,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.
 
Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.
 
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén
 
Ant. El Señor es fiel a sus palabras, bondadoso en todas sus acciones. Aleluya.
 
V. Hijo mío, haz caso a mis palabras.
R. presta oído a mis consejos.
 
PRIMERA LECTURA

Del libro de Josué 24, 1-7. 13-28
 
RENOVACIÓN DE LA ALIANZA EN LA TIERRA PROMETIDA
 
En aquellos días, reunió Josué a todas las tribus de Israel en Siquem; llamó a los ancianos de Israel, a sus jefes, jueces y escribas, que se situaron en presencia de Dios. Josué dijo a todo el pueblo:
 
«Esto dice el Señor, Dios de Israel: "Al otro lado del Río habitaban antaño vuestros antepasados, Teraj, padre de Abraham y de Najor, y servían a otros dioses. Yo tomé a vuestro padre Abraham del otro lado del Río y le hice recorrer toda la tierra de Canaán, multipliqué su descendencia y le di por hijo a Isaac. A Isaac le di por hijos a Jacob y Esaú. A Esaú le di en propiedad la montaña de Seír. Jacob y sus hijos bajaron a Egipto. Envié después a Moisés y a Aarón y herí a Egipto con los prodigios que obré en medio de él. Luego os saqué de allí. Saqué a vuestros padres de Egipto y llegasteis al mar. Los egipcios persiguieron a vuestros padres con sus carros y guerreros hasta el mar de las Cañas. Clamaron entonces ellos al Señor, el cual tendió una densa niebla entre vosotros y los egipcios, e hizo volver sobre ellos el mar, que los cubrió. Visteis con vuestros propios ojos lo que hice con Egipto; luego habitasteis largo tiempo en el desierto. Os he dado una tierra que no os ha costado fatigas, unas ciudades que no habéis construido y en las que, sin embargo, habitáis; os he dado viñas y olivares que no habéis plantado y de las que os alimentáis."
 
Ahora, pues, temed al Señor y servidlo perfectamente con fidelidad; apartaos de los dioses a los que sirvieron vuestros padres más allá del Río y en Egipto, y servid al Señor. Pero, si no os parece bien servir al Señor, elegid hoy a quién habéis de servir: si a los dioses a quienes servían vuestros padres más allá del Río o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis ahora. Que yo y mi familia serviremos al Señor.»
 
El pueblo respondió:
 
«Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses. Porque el Señor nuestro Dios es el que nos sacó de la tierra de Egipto, a nosotros y a nuestros padres, y el que obró tan grandes señales ante nuestros ojos y nos guardó por todo el camino que recorrimos y en todos los pueblos que pasamos. Él ha expulsado delante de nosotros a todos esos pueblos y a los amorreos que habitaban en el país. También nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios.»
 
Entonces Josué dijo al pueblo:
«No podréis servir al Señor, porque él es un Dios santo, un Dios celoso, que no perdonará vuestras rebeldías ni vuestros pecados. Si abandonáis al Señor para servir a los dioses extranjeros, él a su vez traerá el mal sobre vosotros, después de haberos hecho tanto bien.»
 
El pueblo respondió a Josué:
«¡No! Nosotros serviremos al Señor.»
 
Entonces Josué les dijo:
«Vosotros sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido al Señor para servirlo.»
 
Respondieron ellos:
«Testigos somos.»
 
Josué les dijo:
«Entonces, apartad los dioses extranjeros que hay en medio de vosotros e inclinad vuestro corazón hacia el Señor, Dios de Israel.»
 
El pueblo respondió a Josué:
«Al Señor nuestro Dios serviremos, y a su voz atenderemos.»
 
Aquel día, Josué pactó una alianza para el pueblo; le impuso decretos y normas en Siquem. Josué escribió estas palabras en el libro de la ley de Dios. Tomó luego una gran piedra y la plantó allí, al pie de la encina que hay en el santuario del Señor. Josué dijo a todo el pueblo:
«Mirad, esta piedra será testigo contra nosotros, pues ha oído todas las palabras que el Señor ha hablado con vosotros; ella será testigo contra vosotros, para que no reneguéis de vuestro Dios.»
Por fin, Josué despidió al pueblo, y cada uno volvió a su heredad.
 
RESPONSORIO Jos 24, 16. 24; 1Co 8, 5-6
 
R. Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses. * Al Señor nuestro Dios serviremos, y a su voz atenderemos.
V. Aun cuando a muchos se les da el nombre de dioses en el cielo y en la tierra, para nosotros no hay más que un solo Dios.
R. Al Señor nuestro Dios serviremos, y a su voz atenderemos.
 
SEGUNDA LECTURA

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor
(Cap. 4-6: CSEL 3, 268-270)
 
LA ORACIÓN HA DE SALIR DE UN CORAZÓN HUMILDE
 
Las palabras del que ora han de ser mesuradas y llenas de sosiego y respeto. Pensemos que estamos en la presencia de Dios. Debemos agradar a Dios con la actitud corporal y con la moderación de nuestra voz. Porque así como es propio del falto de educación hablar a gritos, así, por el contrario, es propio del hombre respetuoso orar con un tono de voz moderado. El Señor, cuando nos adoctrina acerca de la oración, nos manda hacerla en secreto, en lugares escondidos y apartados, en nuestro mismo aposento, lo cual concuerda con nuestra fe, cuando nos enseña que Dios está presente en todas partes, que nos oye y nos ve a todos y que, con la plenitud de su majestad, penetra incluso los lugares más ocultos, tal como está escrito: ¿Soy yo Dios sólo de cerca, y no soy Dios también de lejos? Si alguno se esconde en su escondrijo, ¿acaso no lo veo yo? ¿Acaso no lleno yo el cielo y la tierra? Y también: En todo lugar los ojos de Dios observan a malos y buenos.
 
Y, cuando nos reunimos con los hermanos para celebrar los sagrados misterios, presididos por el sacerdote de Dios, no debemos olvidar este respeto y moderación ni ponernos a ventilar continuamente sin ton ni son nuestras peticiones, deshaciéndonos en un torrente de palabras, sino encomendarlas humildemente a Dios, ya que él escucha no las palabras, sino el corazón, ni hay que convencer a gritos a aquel que penetra nuestros pensamientos, como lo demuestran aquellas palabras suyas:
¿Por qué pensáis tan mal? Y en otro lugar: Así conocerán todas las Iglesias que yo soy quien escudriña las entrañas y los corazones.
 
De este modo oraba Ana, como leemos en el primer libro de Samuel, ya que ella no rogaba a Dios a gritos, sino de un modo silencioso y respetuoso, en lo escondido de su corazón. Su oración era oculta, pero manifiesta su fe; hablaba no con la boca, sino con el corazón, porque sabía que así el Señor la escuchaba, y, de este modo, consiguió lo que pedía, porque lo pedía con fe. Esto nos recuerda la Escritura, cuando dice: Hablaba interiormente, y no se oía su voz aunque movía los labios, y el Señor la escuchó. Leemos también en los salmos: Reflexionad en el silencio de vuestro lecho. Lo mismo nos sugiere y enseña el Espíritu Santo por boca de Jeremías, con aquellas palabras: Hay que adorarte en lo interior, Señor.
 
El que ora, hermanos muy amados, no debe ignorar cómo oraron el fariseo y el publicano en el templo. Este último, sin atreverse a levantar sus ojos al cielo, sin osar levantar sus manos, tanta era su humildad, se daba golpes de pecho y confesaba los pecados ocultos en su interior, implorando el auxilio de la divina misericordia, mientras que el fariseo oraba satisfecho de sí mismo; y fue justificado el publicano, porque, al orar, no puso la esperanza de la salvación en la convicción de su propia inocencia, ya que nadie es inocente, sino que oró confesando humildemente sus pecados, y aquel que perdona a los humildes escuchó su oración.
 
RESPONSORIO S. Benito, Regla, 19, 6-7; 2, 3
 
R. Pensemos cómo debemos conducirnos en la presencia de Dios y de sus ángeles, * y, que al entonar nuestros salmos de alabanza, nuestra mente concuerde con nuestra voz.
V. Para ser escuchados no hace falta la abundancia de palabras, sino un sincero arrepentimiento y pureza de corazón.
R. Y, que al entonar nuestros salmos de alabanza, nuestra mente concuerde con nuestra voz.
 
Himno: SEÑOR, DIOS ETERNO
 
Señor, Dios eterno, alegres te cantamos,
A ti nuestra alabanza,
A ti, Padre del cielo, te aclama la creación.
 
Postrados ante ti, los ángeles te adoran
Y cantan sin cesar:
 
Santo, santo, santo es el Señor,
Dios del universo;
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
 
A ti, Señor, te alaba el coro celestial de los apóstoles,
La multitud de los profetas te enaltece,
Y el ejército glorioso de los mártires te aclama.
 
A ti la Iglesia santa,
Por todos los confines extendida,
Con júbilo te adora y canta tu grandeza:
 
Padre, infinitamente santo,
Hijo eterno, unigénito de Dios,
Santo Espíritu de amor y de consuelo.
 
Oh Cristo, tú eres el Rey de la gloria,
Tú el Hijo y Palabra del Padre,
Tú el Rey de toda la creación.
 
Tú, para salvar al hombre,
Tomaste la condición de esclavo
En el seno de una virgen.
 
Tú destruiste la muerte
Y abriste a los creyentes las puertas de la gloria.
 
Tú vives ahora,
Inmortal y glorioso, en el reino del Padre.
 
Tú vendrás algún día,
Como juez universal.
 
Muéstrate, pues, amigo y defensor
De los hombres que salvaste.
 
Y recíbelos por siempre allá en tu reino,
Con tus santos y elegidos.
 
La parte que sigue puede omitirse, si se cree oportuno.
 
Salva a tu pueblo, Señor,
Y bendice a tu heredad.
 
Sé su pastor,
Y guíalos por siempre.
 
Día tras día te bendeciremos
Y alabaremos tu nombre por siempre jamás.
 
Dígnate, Señor,
Guardarnos de pecado en este día.
 
Ten piedad de nosotros, Señor,
Ten piedad de nosotros.
 
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
Como lo esperamos de ti.
 
A ti, Señor, me acojo,
No quede yo nunca defraudado.
 
ORACIÓN.
 
OREMOS,
Oh Dios, fuerza de los que en ti esperan, escucha nuestras súplicas y, puesto que el hombre es frágil y sin ti nada puede, concédenos la ayuda de tu gracia, para observar tus mandamientos y agradarte con nuestros deseos y acciones. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén
 
CONCLUSIÓN
 
V. Bendigamos al Señor.
R. Demos gracias a Dios.

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