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jueves, 24 de septiembre de 2020

BREVE CATEQUESIS SOBRE EL REZO DE LA LITURGIA DE LAS HORAS - PARTE 6


 El AÑO LITÚRGICO Y EL REZO DEL OFICIO

    El Año Litúrgico

     El año litúrgico no consiste en 365 días todos iguales entre sí, como el año civil, sino en un conjunto de días todos distintos entre sí, que van alternando días  "festivos", "conmemorativos", etc. De carácter más alegre o más penitencial, etc. 

    Nuestro año litúrgico comienza con la espera (del nacimiento) del Señor, el Adviento ("advenimiento") y termina con la celebración de "Jesucristo, Rey del universo" (hacia fines de noviembre del siguiente año), pasando por todo el camino de la redención: el Nacimiento, la Pasión, la Resurrección, la venida del Espíritu Santo hasta la glorificación definitiva de nuestro Señor.

    El centro del año litúrgico lo constituye el Santo Triduo Pascual, es decir, desde la Cena del Señor (Jueves Santo), la celebración de la Pasión (Viernes Santo), descenso a la muerte (Sábado Santo) y resurrección (Domingo de Resurrección). Esta celebración se rige por el antiguo calendario judío, de origen lunar, que varía cada año respecto del año civil (solar). Esta es la celebración más fuerte del año; hacia atrás, todo tiene carácter de espera, mientras que hacia adelante, todo tiene carácter de realización definitiva.

    En el tiempo de Adviento, período fuerte y de carácter penitencial, los textos de la liturgia combinan los temas de la espera del nacimiento del Señor, con el tema de la espera de su venida final  al encuentro con el Señor.

    Con la Navidad comienza el tiempo de Navidad, que se extiende unas dos semanas, un tiempo semifuerte, con el carácter gozoso propio del nacimiento humano de nuestro Señor. Durante estas dos semanas se suceden varias solemnidades y fiestas, todas ellas ligadas a la vida terrena de Jesús. Culmina con la celebración de la Epifanía (venida de los Reyes Magos)

    Terminado este tiempo, comienza el tiempo "débil" llamado Ordinario (TO), que comprende 34 semanas (¡más de la mitad del año!) y se divide en dos partes: las primeras 7 a 9 semanas (dependiendo de la fecha de la Pascua de cada año), antes de la miércoles de Ceniza (comienzo de la Cuaresma, hacia febrero-marzo), y las restantes luego de la Solemnidad de Pentecostés (hacia junio). En el Tiempo Ordinario es donde veremos acumularse la memorias de los santos.

    Luego de la primera parte del TO comienza el tiempo fuerte de Cuaresma, tiempo penitencial por excelencia, en el que durante 40 días conmemoramos simbólicamente los 40 años de Israel en el desierto y los 40 días en los que Jesús fue tentado. Todos los textos de este tiempo recuerdan la inminencia de la Pasión. En la catequesis antigua de la Iglesia, este tiempo era también el tiempo de penitencia y purificación de quienes iban a recibir el bautismo en Pascua -no en cualquier otro momento- a lo que se unía en la preparación toda la comunidad creyente.

    Terminada la Cuaresma con el Domingo de Ramos, comienza la Semana Santa, que desemboca en el Santo Triduo Pascual, el tiempo fortísimo, en el que gira como en un eje todo el año litúrgico, de donde saca sus caracteres todo el resto del año: el triple movimiento de dolor (viernes), silencio (sábado), explosiva alegría (domingo), lo veremos aparecer en el resto de los tiempos, y a su vez en el ritmo interno de cada una de las semanas del año.

    Con el Domingo de Resurrección comienza el Tiempo de Pascua (TP). Sin embargo, es tan fuerte el gozo de ese domingo, que se extiende durante ocho días enteros, la llamada "Octava de Pascua". Una curiosidad de la Octava es que se reza todos los días lo mismo, como si se tratara siempre del mismo domingo. También las misas de la Octava son siempre la misma misa de Resurrección. Durante esta semana los catecúmenos llevaban su ropa blanca bautismal que se quitaban al domingo siguiente que por esto se lo llamó «in albis» («en -vestiduras- blancas»).

    Durante el tiempo Pascual predomina el carácter alegre y festivo (pero si prestamos atención a los textos de cada día, ese carácter alegre se combina con el ritmo semanal de dolor-silencio-gozo ya mencionado). En él se suceden 50 días de recuerdo de la Resurrección, donde al mismo tiempo se va preparando el "fruto" de esa resurrección. A los 50 días, la fiesta de Pentecostés, una antigua fiesta judía que conmemoraba la recolección de los primeros frutos del campo, conmemorará para nosotros los primeros frutos visibles de la Resurrección: la venida del Espíritu Santo, y por lo tanto el impulso misionero de la Iglesia.

    Con el domingo de Pentecostés finaliza el Tiempo Pascual, aunque su carácter glorioso se extiende unos días más, hasta la celebración del Cuerpo y Sangre del Señor, a partir de la cual se retoma el carácter más neutro del Tiempo Ordinario.

    Que el Tiempo Ordinario sea neutro, o "débil", no implica que no tenga su propio ritmo. Ante todo por ese triple movimiento de cada semana (dolor-silencio-gozo), pero también porque a medida que pasan las semanas los textos van haciendo cada vez más alusión a la Segunda Venida del Señor, que se celebra con la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, con la que -como se ha dicho- finaliza el año litúrgico.


¿Dónde se notan estos distintos caracteres de los tiempos litúrgicos?

    En los tiempos semifuertes y fuertes, se notan en todos los textos y horas: en los himnos, las antífonas, las lecturas, las preces, etc.

    En cambio, en el largo Tiempo Ordinario, estas alusiones a la espera del Señor se ven más en el Oficio de Lecturas, en las oraciones finales de cada Hora y en la antífona del Cántico Evangélico de los domingos, ya que los demás textos están engarzados en un ritmo de cuatro semanas que se repiten cíclicamente.